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Scottie Scheffler: el dueño de una nueva era en el golf mundial y la titánica tarea de alcanzar a Tiger

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TeeTime Klever/ La Nacion

Con el reinado de Scottie Scheffler ya se habla de una nueva era del golf mundial y de una “presunción de aburrimiento”. Quizás, la figura de este texano muy devoto de la religión cristiana no transmite demasiado. Unos días antes de que el N° 1 del mundo se consagrara en The Players, un periodista preguntó si Scheffler tenía “poder de estrella” o esa aura tan especial como Tiger Woods, Rory McIlroy o incluso Jordan Spieth. Tal vez, la imagen de este golfista con “barba más rabínica que pirata” –como describió GOLF.com- no despierte pasión detrás de las sogas, pero a estas alturas nadie pone en duda la calidad y excelencia del primer jugador en la historia en defender con éxito el título en el TPC Sawgrass, como ocurrió el último domingo.

Hay consenso general en que Scheffler, hoy por hoy, es el mejor exponente del PGA Tour, al margen de los gigantes que saltaron al LIV como Jon Rahm y Brooks Koepka, dos que se adjudicaron majors en 2023. Los elogios de Xander Schauffele, Brian Harman y Wyndham Clark, los tres que escoltaron al campeón en Ponte Vedra Beach, Florida, señalaron a Scheffler como el mejor sin discusión. “Recibir estos cumplidos de tus compañeros es realmente especial. Creo que estos muchachos van a salir de este torneo más motivados que nunca y yo tengo que hacer todo lo posible para dar la talla”, comentó el campeón del Masters 2022, de 27 años, que en los últimos seis meses puso especial énfasis en un trabajo para “mantener la cabeza en el estado de ánimo adecuado”.

Si bien Scheffler puede mostrarse algo soso en función del marketing deportivo, resulta encantador cuando declara, sobre todo porque no tiene empacho en revelar sensaciones íntimas relacionadas con su vida doméstica. Ya había sorprendido minutos después de ganar el Masters, cuando contó sin vergüenza lo que había atravesado aquel domingo 10 de abril, antes de emprender la última vuelta de Augusta con una ventaja de tres golpes. “Lloré como un bebé esa mañana. Estaba tan estresado… No sabía qué hacer. Estaba sentado allí diciéndole a mi esposa Meredith: ‘No creo que esté listo para este tipo de cosas’. Y me sentí abrumado”, confió, dejando en claro que es de carne y hueso.

Pasó el tiempo después de su primera gran gesta. Y lejos de haber adquirido aires de divo, mantiene su humildad de siempre. Nada que ver con el comportamiento habitual de una superestrella. “Venimos aquí, tratamos de competir y ganar torneos y es muy divertido. No me cambia como persona cuando vuelvo a mi hogar. El vuelo de vuelta a casa de esta noche va a ser bastante parecido de si hubiera terminado segundo”, contó después de su título en The Players. Y agregó: “Intento ser lo más honesto posible. El mundo actual, donde todo se graba, puede ser un lugar difícil para ser honesto todo el tiempo. Hay que ser cauto y no equivocarte. Al final, todo se reduce al apoyo familiar: tengo una esposa estupenda y, si yo empezara a agarrar mis trofeos y a pasearme por toda la casa a lo grande, Meredith me daría una bofetada. Ganar torneos de golf no me hace ganar puntos en casa, así que intento hacerlo lo mejor posible”.

Su juego alcanza hoy un nivel cercano a la perfección y ya dejó atrás su conocido déficit con el putter que lo privó de llevarse varios certámenes más. En un torneo tan difícil como The Players, que tiene el field más prestigioso del mundo y la bolsa más alta del calendario regular (25 millones de dólares), Scheffler expone un récord que no se registraba desde 1982: encadena ocho vueltas por debajo de los 70 golpes en el Stadium Course. Y eso que el viernes estuvo cerca de retirarse, debido a las dolencias en un hombro y en el cuello. Sobre esta situación, que que le implicó haber sido atendido tres veces en la tercera vuelta por un kinesiólogo, describió: “El mayor dolor lo sentí en el hoyo 12, al pegar el segundo golpe: tenía 90 yardas a la bandera, pegué un 56 grados y fue muy doloroso. En ese momento, realmente no sabía si iba a poder hacer el swing. El simple hecho de mirar hacia arriba para ver la línea del putt era bastante difícil. Era complicado tirar los putts, porque justo cuando giraba la cabeza para mirar el hoyo mi cerebro enviaba señales de dolor”.

Así es como construye su investidura de campeón, soportando las adversidades y haciéndoles frente a los instantes de presión. Trae un fabuloso envión: ganó consecutivamente el Arnold Palmer Invitational y The Players, y es el principal candidato a repetir en el Masters dentro de tres semanas. Alcanzó su octavo triunfo en el PGA Tour y suma ganancias totales por 53.504.729 dólares. Lo más sorprendente es que se unió a la gira norteamericana hace apenas cuatro años, en los que superó 99 cortes clasificatorios de 118, el 83,8 %.

Pero cualquier marca se empequeñece en el golf cuando se comparan méritos actuales con el imperio que levantó Tiger Woods entre 1997 y 2019, año en que el californiano ganó su último major. Scheffler no se desespera en entrar en una vorágine por acumular trofeos que, a la larga, puede resultarle frustrante: “Este año estábamos jugando en Riviera cuando pegué mi pelota de salida y un tipo me gritó: ‘Felicidades por ser el Número 1, Scottie. Ya sólo te quedan once años más para ser como Tiger’. Cada vez que te comparan con Tiger es muy especial, pero él es alguien único”, admitió. Y evaluó: “Me quedan 14 majors más y 70 torneos del PGA Tour para alcanzarlo. Así que me voy a ceñir a mi rutina y mi plan, intentando mantenerme lo más equilibrado posible. Todos idolatramos a Tiger, nuestro referente. Lo que hizo a lo largo de los años es una locura. Aprendí mucho estando a su lado”.

Todavía no resolvió si estará disponible para los Juegos Olímpicos de París 2024. Hay una razón de mucho peso: un bebé está en camino y la dinámica de su hogar se modificará por completo. “Estamos intentando lidiar con este nuevo viaje como padres y hacerlo lo mejor posible”, cuenta Scheffler, que reconoce que en la intimidad deja de lado su habitual control y se suelta: “Normalmente, cuando llego a casa es la hora de gritar, chillar y desahogarse. Las victorias son muy especiales. No soy yo sólo el que se esfuerza. Está todo mi equipo. Han trabajado mucho entre bastidores”. Un N°1 con aires de imbatibilidad, pero muy humano.

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