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Travesía inolvidable en el Pacífico mexicano

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Tee Time Klever/Forbes

El One&Only Palmilla aguardaba, impaciente, como primera parada de esa travesía fantástica, y su promesa de hospitalidad sin límites habría de comenzar a bordo de un avión privado.

En minutos, surcando el cielo del Pacífico y con una mimosa en mano, el clima parecía mejorar a cada minuto. En un instante, el arribo al destino materializaba cualquier expectativa. Y el viaje apenas comenzaba.

Un almuerzo tan ligero como se desee toma forma en Breeze, restaurante al aire libre que se extiende en las terrazas escalonadas que bordean una alberca de formas caprichosas, muy cerca del Mar de Cortés.

Este escenario sirve de antesala a una experiencia vinícola en Veranda, espacio climatizado donde, con una nueva vista privilegiada, se disfruta un recorrido singular a través de las vides mexicanas.

Es aquí donde un auténtico viaje gourmet revela las bondades del vino mexicano, de la mano de algunas de las etiquetas más exclusivas de la cava nacional.

Entre tintos, blancos y uno que otro rosado, la sesión guiada por el sommelier de casa da constancia del poderío de los vinos creados desde el Valle de Guadalupe hasta Parras, Coahuila (cuna del vino en América), además de otros nacidos en Guanajuato y Querétaro.

En este espacio, el disfrute se nutre de una muestra culinaria que cierra un círculo virtuoso. Enamorarse del vino nacional es inminente, ineludible.

El regreso al universo romántico que emana de una suite dispuesta al pie del mar conduce a un descanso que permite sacudir la pereza y encontrar energía para conquistar el destino.

La visita a la mesa del chef en Agua, un nuevo espacio gourmet con vistas al Mar de Cortés, cautiva desde la llegada, principalmente, por esa mesa giratoria que revela en cada vuelta manjares que van del pescado más fresco de La Baja a los sabores cárnicos.

Siempre con el acompañamiento de algunos favoritos (sushi, sashimi, atún y otras delicias), además de postres que endulzan la llegada del atardecer.

Foto: Rupert Peace

Después de optar por un masaje con piedras calientes, se está listo para continuar con el descubrimiento de Palmilla.

Desde el spa, el camino a una de las cabañas privadas de Pelican Beach (también a pie del mar) se realiza alternando vistas a un techo celeste que refresca por la presencia de esa flora desbordada que lo abraza todo. Y el tiempo vuela en el descanso.

Al anochecer, una cita en Seared (de cuya parrilla emanan los sabores frescos tanto de los frutos del mar como del campo) anticipa una velada culinaria sin par.

Su servicio incluye algunas de las mejores etiquetas de vino en México, las cuales se disfrutan más a luz media, entre charlas animadas e intimistas. Y el tiempo parece volar en esa atmósfera cosmopolita que brinda una digna despedida a un hotel espectacular.

A la mañana siguiente, el camino a un hangar privado del aeropuerto de Los Cabos anticipa un viaje breve y exclusivo en dirección a la Riviera Nayarit, donde el One&Only Mandarina aguarda con nuevos matices de hospitalidad.

Bienvenido a la Selva

El trayecto ascendente que conduce al acceso principal del One&Only Mandarina emula una inmersión en un matorral: Con una amplia gama de verdes que acompaña las múltiples formas naturales, aquellos senderos serpenteantes sorprenden hasta a los más avezados en encuentros con la naturaleza.

En Jetty Beach Club, la cocina ensalza los sabores del mar y ofrece una deliciosa inmersión a la propiedad, de frente a una bahía que exhibe la portentosa belleza circundante, con aves al vuelo y algunos pelícanos reposando al vaivén de las aguas cercanas.

Tras elegir la pesca del día, en compañía de un plato de camarones gigantes y tostadas de atún, la agenda establecida conduce al disfrute de una nueva fusión de sabores y experiencias memorables en un nuevo restaurante de clase mundial.

Antes, un espacio de reflexión en soledad es más que propicio. No hay mejor lugar para vivirlo que en la calidez que ofrece esa suerte de casa del árbol que parece flotar en la selva.

Sumergido a medio cuerpo en una pequeña piscina infinita, de frente al ramaje que se interpone entre los ojos y el Pacífico, el descanso es total. El espacio abierto revela un entramado de árboles, cerros, aves y brisa que parecen cantar al unísono una melodía exquisita.

Y, al tomar una ducha al aire libre, también en complicidad con la naturaleza, la convicción de vivir en plenitud se asienta al instante, convirtiéndose en verdad irrefutable.

De noche, The Treetop es el lugar indicado para disfrutar en calma de una perspectiva del Pacífico, sólo con algunos destellos fugaces que emula luciérnagas a la distancia.

La barra de este pequeño y encantador bar botánico releva el poder de los clásicos de la coctelería, además de preparaciones con flores y hierbas locales, destilados y cervezas artesanales. Desde aquí, entre brindis y confesiones nocturnas, se acaricia la más plena tranquilidad.

Por la mañana, el ascenso a una cima cercana luce como el reto a superar. El camino, bajo la guía de un explorador local, se recorre despacio atendiendo a la inclinación del sendero hasta que una primera pausa revela un mirador que se asoma con delicadeza al horizonte de Mandarina.

Tras un largo respiro, retomamos el camino para llegar más rápido a las faldas de La Abuela, árbol de más de 400 años que funge como alma del espacio y en cuya sombra se medita en paz después de seguir con la mirada los pliegues que surcan su tronco hasta llegar a ese ramaje que delata el paso del tiempo.

Horas más tarde, la cita en Carao materializa un nuevo encuentro culinario, esta vez, bajo la firma inconfundible del chef Enrique Olvera. En este espacio, se descubre una piscina de borde infinito que enmarca la experiencia gastronómica estrella de casa.

Aquí se disfrutan más en family style, compartiendo las preparaciones con los seres queridos antes de la llegada del atardecer del Pacífico; éste, en particular, uno de los más bellos que cualquiera tendrá ocasión de apreciar.

La experiencia culmina de modo gratificante, invitando a regresar al resguardo de la casa del árbol para abrazar el sueño con una imaginación fértil, nutrida de postales exquisitas que, se intuye, alentarán fantasías apenas comparables con la realidad que ofrece una travesía en el Pacífico, curada para quienes gozan vivir en plenitud.

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